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La Norma Moral



Por: Martín Mata

La norma moral

La norma en sentido moral suele entenderse como un imperativo que orienta la acción tanto de las personas como de los grupos sociales. Habitualmente se refiere tanto a los fines y formas de acción como a las acciones dependientes o independientes de las situaciones concretas. A diferencia de las otras normas existentes, las normas morales y jurídicas, que son normas prácticas referidas a la acción moral de las personas, incitan a una parte o a todos los miembros de un grupo o sociedad a establecer fines de modo absoluto y a tomar decisiones que regulan la forma de vida en común[1].

1. Juridicismo de la antigua moral

El precepto moral suele tener una forma de proposición imperativa de un acto. Pero el acto no debe entenderse en su acontecer material sino en su significación humana. En otras palabras, la proposición de un precepto moral ha de ser entendida desde el valor moral, o lo que es lo mismo, desde el aspecto del valor de la persona cuya exigencia expresa[2]. Esta visión de la moral, unido a método casuístico para la superación de los problemas morales, llevan al hombre en la moral antigua a tener un “escaso relieve a la exigencia de una actitud interior fundamentalmente buena… no distingue, y hasta parece confundir, el plano moral con el plano religioso y cristiano”[3], se cae pues en una moral “téonomo positivista”, donde se vive la fe extrínsecamente, donde más que por inspiración, se cumple la voluntad de Dios por obligación y miedo.

El juridicismo es uno de los mayores riesgos para el recto entendimiento de la moral. “Cuando se ven las cosas en esa perspectiva, es decir, cuando se considera que la última y definitiva referencia de la moral son los preceptos, es imposible evitar el reconocimiento de que unos preceptos pugnan, en determinados casos, con otros, y que, entonces, los inferiores han de ceder ante los superiores”[4]. Esto supone una grave deformación juridicista de la moral porque priva del carácter absoluto, es decir propiamente, moral a todos los preceptos, salvo quizá al primero o superior a todos.

2. Situacionismo de la nueva moral

Desde el Vaticano II como respuesta al juridicismo, surge el situacionismo moral rico en inspiración, cosa de lo que el juridicismo adolece, pero sin indicaciones ético-normativas, o sea que es un camino más para el extravío moral. Aquí todo lo que se refiere a la situación y al método de análisis que parte de la situación concreta es “fruto de un discernimiento moral”.

Carece de fundamentación filosófico-metafísica, pues se fundamenta solamente en la fe, en la voluntad de Dios, la cual se puede percibir a través de la historia y de la situación concreta. “Se confunde una vez más el problema religioso, rigurosamente metaético de la voluntad de Dios como fundamento de la existencia… con el de la fundamentación en las normas”[5]. Es un juzgar de los actos del hombre ante Dios, dejando fuera la ley de toda autoridad; a esta actitud de martirio sin capacidad de discernimiento le podemos llamar: moral existencial-fideista. Tampoco tiene argumentación ético-normativa porque coloca en segundo plano la exigencia de tener normas morales para el comportamiento, afirmando la ética de la situación que la única norma es la actitud.

Los partidarios de la ética de la fe quieren integrar la antigua moral en una perspectiva más clara, librándola de las trabas del juridicismo, pero sin caer en las improvisaciones del situacionismo, con esto se quiere logra una moral mas inspirada en el evangelio. Es un reivindicar la importancia de la fe cristiana para la fundamentación de determinadas normas morales, ahora bien: “la revelación cristiana no sustituye, sino que integra y refuerza la razón humana”[6]; por lo cual ven en la revelación cristiana una luz, un horizonte y también la posibilidad de forzar en cierto sentido los confines de la razón a una búsqueda de sentido, que solo la fe descubre.

Los que hablan de la moral autónoma subrayan a la razón en el proceso ético y en la fundamentación de las normas morales; distinguen la función de la fe a nivel metaético y la función de la fe a nivel ético normativo o de fundamentación de las normas morales. Mediante esta pugna surge un problema doble en la fundamentación de la norma: 1. Asumir un significado para la existencia tomada en su conjunto de modo que sirva en la fundamentación de toda norma y 2. ¿Qué procesos hay que seguir para traducir el significado último en la norma?

3. Contribución de la fe cristiana a la solución de los problemas ético normativos

1. A nivel histórico-genético contribuyó en la percepción de algunos valores antropológicos fundamentales y la instancia moral profunda y dinámica que es el nervio de toda la vida del hombre; pues esta instancia de juicio moral (positivo-negativo) no es algo simplemente humano, una ley que no se dicta a sí mismo, una ley escrita por Dios en el corazón del hombre[7]. Dios creador como fundamento de toda vida moral es una dialéctica entre fe y moral, en la cual a la luz de la revelación cristiana el hombre integra su vida moral a lo bueno como una opción netamente libre. Ahora hablando de la percepción de las normas morales, puede alcanzarse más fácilmente a través del discernimiento de valores conexos a la revelación cristiana y el texto lo afirma diciendo “el que cree en Dio salvador y santificador… está en condiciones de percibir mejor la dignidad del que se ha hecho reo ante la sociedad”[8].

2. A nivel histórico teórico-justificativo contribuyó y lo sigue haciendo en una reformulación ético-normativa más atenta a las exigencias y a las aspiraciones que maduran en la historia humana, pues es absolutamente necesario que normas morales en esta sociedad meramente pluralista y secular; hay pues que reformular la fe cristiana como horizonte y fundamento último de la vida, como sentido de la existencia. El limite en donde se debe detener nuestro obrar moral a reflexionar es en el otro pues como dice la moral kantiana “hay que ver al otro como fin y nunca como medio”, a esto Santo Tomás dice: “entre todos los seres ésta sometido de manera más excelente a la divina providencia, porque participa de ella proveyendo a sí mismo y a los demás”[9]. Y dice además Jesús en el Evangelio de Mateo: “El Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir en rescate por todos”[10]; en ésta cita podemos ver que Jesús anticipa el fundamento de la moral, la caridad, la entrega de sí y el servicio a los demás.

Conclusión

Los extremos se tocan dijo Nicolás de Cusa cuando quería demostrar que no existían las líneas rectas y que todo tenía relación con lo infinito, con este trabajo he descubierto eso, no es posible un juridicismo exagerado dado que “la ley por la ley” nos puede llevar a injurias demasiado fuertes contra el derecho natural; pero tampoco se puede ser muy situacionista, porque la exagerada improvisación también puede terminar en injurias, es necesario pues una inspiración más evangélica en la fundamentación de la norma jurídica. Que no sea muy positivo el seguimiento de la ley, dado que se puede perder el carácter de inspiración en el ejercicio de la norma, pero tampoco muy fideista pues perdería carácter racional y por consiguiente fundamento metaético dicha norma. En la fe cristiana podemos discernir más fácilmente el sentido de la norma, dado que Dios ha inserto en nosotros distinción natural de lo que es su voluntad y lo que no, por eso la ética no cristiana debe de reconocer las contribuciones que la moral cristiana ha hecho en materia de la conciencia, diferencia entre bien y mal.


[1] Cf. HÖFFE, O. (Ed.) (1994) Diccionario de Ética. Barcelona: Crítica.

[2] Cf. CAFARRA, C. "Viventi in Cristo". Jaca Book. Milán, 1981, pp 84-86.

[3] TRENTIN, Giuseppe, “La Norma Moral”, Artículo, p.3

[5] TRENTIN, Giuseppe, “La Norma Moral”, Artículo, p. 6

[6] Ibid, p.10

[7] GS 16

[8] TRENTIN, Giuseppe, “La Norma Moral”, Artículo, p.21

[9] S. Th., I-11, q. 9 a. 2

Sobre la revalorización de la paz en Tijuana

Artículo publicado en el periodico Frontera, Tijuana B. C., el 22 de Diciembre de 2008

Ya es algo natural en nuestra ciudad de Tijuana el escuchar sirenas por todos lados, y al escucharla ya no decimos ¿Qué paso? La cual sería una pregunta tradicional, sino que le agregamos a esa pregunta ¿Ahora qué paso? Estas preguntas hacen notar lo debilitada que se encuentra la paz en nuestra ciudad; digo debilitada y no perdida porque nosotros, los ciudadanos de bien, los hijos de esta ciudad generosa clamamos la paz por nuestras familias y sobre todo por los más pequeños, los cuales serán los empresarios, maestros, doctores, sacerdotes, en fin los dirigentes del mañana y mientras haya alguien que pida este valor, este seguirá latente en el circulo de nuestra sociedad.

Pero ¿Qué podemos hacer nosotros para conseguir el fortalecimiento de este valor dentro de nuestra sociedad? Hay que saber pedir paz, no solo tenemos que pedir, también tenemos que participar con algo para que esta se nos dé. Para aprender a pedir paz tenemos la obligación de conocer que es la paz para no caer en ambigüedades, porque “la paz no es simplemente ausencia de guerra, ni siquiera un equilibrio estable entre fuerzas adversarias, sino que se funda en una correcta concepción de la persona humana y requiere la edificación de un orden según la justicia y la caridad” (cf. Concilio Vaticano II, Const. Past. Gaudium et Spes, 78: AAS 58, 1966); entonces a lo anterior podemos decir que la paz no significa solo la ausencia de conflicto, implica el vivir de tal modo que los conflictos puedan ser superados en el marco de la convivencia fraterna y respetuosa, es un espacio de encuentro y un tiempo de relaciones humanas gozosas, por medio de las cuales se debe convivir en tolerancia y armonía puede suponer un conflicto continuo, pero es positivo en el sentido que es una derrota continuada de la violencia. Las relaciones humanas son siempre conflictivas y la superación pacífica y positiva de estas situaciones es precisamente la forma de convivencia armónica de las distintas culturas, pueblos, religiones, sexos, razas y demás diferencias que puedan servir de excusa para la división, el antagonismo, el odio o la incomprensión.

Sin duda que estamos habituados a que se discuta sobre la paz desde un punto de vista político o sociológico como ausencia de guerra, y normalmente damos la responsabilidad de la paz a los gobernantes y organizaciones políticas, siendo que se debe hablar de paz desde una perspectiva humana y resaltar el papel tan importante que tiene cada ser humano para traer la paz al mundo. Por lo anterior, el avance en cuestiones de paz debe de ser individual en primera instancia y después colectivo, pues son los individuos los que al actuar de forma pacífica, hacen que mejore la calidad de vida, las instituciones, el medio ambiente y el futuro en general de nuestra sociedad. A través de la paz, podemos manifestar el espíritu esencial que nos une, en medio de nuestras distintas maneras de ser. La paz que pedimos a las autoridades en nuestra ciudad es una paz egoísta, es una paz malentendida, les pedimos que terminen con los elementos que causan el desorden social y al pedir esto se nos olvida que ellos también son personas, pedimos pena de muerte para el asesino, cadena perpetua para el violador, encierro para el ladrón, todos son cortes de tajo al problema, soluciones desesperadas y rápidas a un problema que se pudo evitar desde sus raíces. En la construcción de culturas de paz, más allá de cualquier interés o desacuerdo debemos de encargarnos de la prevención de estas situaciones que causan el desorden social, pero ¿Dónde podemos encargarnos de esto? Sin duda alguna en el seno familiar, la familia deberá de ser la primera reformadora social, pues es nuestra familia por la que pedimos paz y entonces esta es la que la debe promover con el testimonio y formación integral de los más pequeños.

El compendio de la doctrina social de la iglesia nos dice que la paz es fruto de la caridad y de la justicia, porque esta se debe de basar en el respeto del equilibrio de todas las dimensiones de la persona humana. “La paz peligra cuando al hombre no se le reconoce aquello que le es debido en cuanto a hombre”(Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia, 494, Pp. 275) cuando su dignidad como tal se ve infringida y cuando la convivencia entre dispares no se dirige al bien común, por lo cual, cada uno de nosotros ciudadanos ya sea pacíficos o delincuentes, debemos de buscar el orden y el bien común teniendo como principales herramientas la caridad y la justicia para que con estas armas luchemos en la búsqueda de la paz; sobre todo debemos cada uno reconocer la propia responsabilidad por promover la paz como un impulso interior, pues este servirá para extenderla a las familias y a las diversas instituciones sociales hasta alcanzar ahora si a la comunidad política; esto es por lo cual la paz debe de comenzar en el individuo.

Nosotros ciudadanos de Tijuana debemos de dar paz y después pedirla, debemos ofrecerla entre los nuestros, debemos de ofrecerla a nuestra sociedad, a los que tenemos más cerca; debemos de aprender a clamar paz en esta sociedad de conflicto, debemos pedir una paz que no infrinja los derechos del otro; debemos de reconocernos pues como individuos de paz, individuos encargados de aceptar la misión de llevarla a los demás por medio del testimonio, para que este testimonio pueda hacer eco en nuestra familia, después en nuestra pequeña sociedad y que al final abarque a todos, porque por el hecho de ser personas la merecemos.

Seminarista Martín Alfonso Mata Gallardo.

III de Filosofía.


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