Ciencia y religión alcanzan una tregua en la posmodernidad
¿Por qué fallan estas discusiones y cómo podemos superarlas?, se pregunta el autor. La respuesta sería: conociendo la situación en que nos encontramos.
Según Clayton, el conflicto existente entre ciencia y religión puede explicarse con la siguiente imagen: pensemos en una venganza familiar pendiente, que ha recorrido tres generaciones.
La primera generación iría desde el mundo clásico griego hasta el inicio del periodo medieval. Durante esta época, la filosofía y la teología establecieron los términos del enfrentamiento.
Para Aristóteles y sus seguidores medievales, el conocimiento (episteme) fue creado a imagen de la filosofía, mientras que el término latino para ciencia, “scientia”, significa cualquier forma de investigación organizada. En esta época es cuando se establece la primacía de la observación empírica.
Así, Descartes proclamó que todo está abierto a la duda; Francis Bacon atacó a los cuatro “ídolos” de la filosofía tradicional y de la teología; y Galileo, algo más amable, afirmó del Libro de la Naturaleza que éste estaba escrito en el “lenguaje de las matemáticas”, a diferencia de la Biblia.
Estas declaraciones de independencia con respecto a la religión pudieron ser inicialmente pacíficas, pero rápidamente se deterioraron para convertirse en mucho más radicales, señala Clayton.
A los descendientes de la tercera generación –los posmodernos-, sin embargo, la batalla a muerte entre ciencia y religión no les parece ni necesaria ni productiva.
Los “descendientes” de la tercera generación que se posicionan en la ciencia son generalmente científicos que son creyentes en su vida privada, y que afirman que su fe personal complementa su trabajo científico; o científicos que creen que la ciencia y la religión son dos esferas completamente independientes la una de la otra.
Pero también existe un grupo de científicos que trabaja de manera constructiva por construir puentes conceptuales entre ciencia y religión, afirma Clayton, por generar una perspectiva unitaria que tome aspectos de ambas.
Según el escritor, la mayoría de los americanos cristianos y judíos muestran interés en la discusión ciencia-religión. En la mayoría de los casos, sin embargo, el motivo de este interés es defensivo: la gente no quiere pensar que su fe se opone a la ciencia o que la ciencia pueda hacerle repensar y reformular algunos de los más importantes dogmas de su tradición religiosa.
Para Clayton, es necesario que tanto la religión como la ciencia hagan algunas concesiones para poder alcanzar algún tipo de tregua.
Si no se consigue formular una asociación provechosa entre ambas, ¿cómo podremos enfrentar todos los temas globales urgentes (como el cambio climático) que sólo pueden ser resueltos si las ciencias y las tradiciones religiosas aprenden a trabajar en equipo?
Los trabajos de Philip Clayton se han caracterizado por el intento de desarrollar una teología cristiana en diálogo constructivo con la metafísica, la filosofía moderna y la ciencia.
Esta tarea le ha llevado a escribir acerca de la teoría del conocimiento, sobre filosofía y teología; sobre filosofía de la ciencia, sobre física, sobre biología evolutiva, sobre neurociencia y, también, sobre teología comparada y metafísica constructiva.
Su postura moderada abre una serie de posiciones complejas e interesantes en el tema ciencia-religión, y se aleja de la lucha frontal entre posiciones antagónicas, tal y como explicamos sobre el autor en otro artículo de Tendencias21, publicado en 2008.





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