El valor del mestizaje según Beuchot

El pensamiento analógico juega un papel esencial durante la época de la conquista, si ya los pitagóricos venían revisando este pensamiento para responder a las premisas que los números no les permitían, ahora grandes sabios como De las Casas o De la Vera Cruz estaban dándole revisión a este pensar, para alejar las situaciones de discriminación a los indios[1]. Instituciones de la filosofía latinoamericana como Leopoldo Zea o José Vasconcelos, vienen a completar este pensar filosófico analógico con su pensamiento de liberación o el de que esta misma surja de una realidad concreta. Todo esto en su tiempo permitió un dialogo intercultural, no univoco, no equivoco, sino análogo, para no excluir al más débil.

Este uso debido del pensamiento analógico icónico, fue un gran parte aguas para superar la situación de exclusión y tal vez en nuestros días pueda servir para combatir el fenómeno de globalización que excluye a los más débiles[2]; en el México de la conquista se marcaban serias diferencias por la raza, el color y las creencias, pero el reconocimiento analógico del otro, poco a poco va interpelando a los españoles no sólo como sujeto de dominio, sino también como aquel otro ser humano que pedía respeto a su vida y a sus credos, aquel indio que causaba estupor, pues no sabían cómo codearle, como bárbaro o como persona, y a este respecto vemos como la analogía en las voces de los antes mencionados y de Antón de Montesinos y Juan Ramírez; aunque el otro para ellos representaba la diferencia, supieron reconocer su dignidad, supieron hacer una labor de reconocimiento ante el indio.

“Fue por la analogía de la analogicidad, o de la iconicidad, que les hizo ver al otro, al diferente, el indio, como el semejante, como el que podía ser incluido, a pesar de que todo indicaba ya una exclusión homicida y que era imposible oponerse a tan monstruosa situación ya de hecho irreversible”[3]

Lo que da paso al reconocimiento del otro es pues este proceso de incorporación analógica, lo cual se puede encontrar muy claro en el barroco: “una época en la que ya las razas no se dedican a destruirse, sino que se consolida esa fusión de las mismas que es el mestizaje”[4]. El barroco como situación o momento analógico nos viene a dar una nueva cara de México porque ni los indios son indios ni los españoles son tales, se crea una nueva raza, una raza mestiza con nuevas exigencias[5], se viene a dar un síntesis resultado de esa situación dialéctica el cual nos entrega una riqueza cultural sin igual, el cual replantea la convivencia y la racionalidad, el cual nos une, el cual crea ése mosaico cultural llamado mestizaje.

Una de las principales características del arte Barroco es su diversidad y a la vez su exageración, es un arte muy recargado y cual enfatiza las luces y las sombras, creando valiéndose ya sea del relieve de las esculturas o de los colores de las pinturas para darle una atmosfera de claro-obscuro, y así es también nuestra cultura mestiza, no es todo europeo o indígena sino que resulta algo más enriquecedor lo cual propone Vasconcelos. Para explicar esto, Beuchot habla de la hibridez o hibrido, que no corresponde a lo humano, pero que es un claro ejemplo de diferencia. Entonces, el valor del mestizaje atañe a una causa de atención a la historia de lo indígena con lo europeo, lo cual ayudó a liberar a Latinoamérica del la visión europea que era excluyente y lo cual se cristalizo en el mestizaje como un símbolo de integración, un signo de unión de ambas culturas[6].

Visto por el lado del aspecto histórico, dicha integración tuvo un valor desmesurado pues causo grandes afecciones a todos los campos socioculturales, ahora bien en el aspecto pragmático fue algo muy distinto.

Cuando un filósofo se separa de la perspectiva univocista se dice que dicho filósofo está logrando un intento analógico. Vemos que hay un intento analógico siempre que el filósofo se separa de la perspectiva univocista y éste el caso los jesuitas que llevaron a cabo “un sincretismo que trataba de juntar lo racional con lo irracional, lo luminoso con lo misterioso, en ese tacto analógico que hace que se toquen, en los bordes, los opuestos”[7]. Pero este sincretismo no es otra cosa que la hibridación de las culturas, el cual lo podemos encontrar según cita Octavio Paz en el hermetismo neoplatónico renacentista[8].

Como vemos dicho sincretismo se dio en el campo religioso e intelectual, y no solo ahí, también repercutió en el modelo social y económico:

“a partir del ethos barroco que con el imaginario y la simbolicidad trataba de salvar la contradicción de la modernidad capitalista, que proclamaba la libertad pero que esclavizaba con el mercado”.

Había que salvar el mercado y la libertad, es por lo cual que surge la hermenéutica analógico-barroca de Samuel Arriarán y la Universidad Pedagógica Nacional[9], los cuales buscaban dentro de este nuevo orden político-económico la lucha por un orden más justo en el que se respetaran los derechos de los novohispanos, ese mestizaje que es el símbolo de la multiculturalidad y ya no de la exclusión para favorecer a solo unos cuantos[10]; por lo tanto este pensamiento ensalza el mestizaje y lo pone como algo de sumo valor pues por primera vez nos permite el ser inclusivos, lo cual trae consigo un sinfín de virtudes, como por ejemplo una mayor apertura ante los retos en el orden político-social y económico, los cuales no sólo eran de emancipación ante la conquista, sino también para suscitar el diálogo de igual a igual, el cual se dio poco a poco. Todo lo anterior permitió que se lograra una recuperación de la capacidad simbólica de ambas partes y un pluralismo cultural, en el que sin perder la capacidad de inserción en lo universal se resaltara la particularidad y diferencia. El mestizaje es análogo y también es fruto de este largo proceso de diálogo y como antes se menciona en este ensayo fruto de una hermenéutica analógico-barroca.


[1] Cfr. L. Hanke, “El prejuicio radical en el nuevo mundo”, FCE, México 1985, p. 125; o también véase: Revista filosófica, Universidad de Colima, Tomo I, número 4, Julio de 1994, pp. 44-51

[2] CEM, “Documento de Aparecida”, N. 60-73

[3] BEUCHOT, Mauricio, “Lineamientos de hermenéutica analógica”, p. 46

[4] Ibid, p.47

[5] Cfr. VASCONCELOS, José, “La Raza Cósmica”, Porrúa, México 1925, p. 20

[6] ESCOBAR, Valenzuela, Gustavo, “Pensamiento Filosofico de México”, Ed2 Torres y asociados, México 2006, p. 108

[7] BEUCHOT, Mauricio, “Lineamientos de hermenéutica analógica”, p. 50

[8] PAZ, Octavio, “Sor Juana Inés de la Cruz o las trampas de la fe”, FCE, México 1983, pp. 57-58

[9] Mencionado en el texto de Beuchot

[10] L. Hanke, “El prejuicio radical en el nuevo mundo”, p. 125

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Galileo Galilei


Pionero de la nueva ciencia y quien mejor advirtió su naturaleza. Además de sus importantes logros teóricos y observacionales, sentó las bases del método de la nueva ciencia. Galileo afirma que el objetivo de la ciencia es formular leyes científicas, que expresan relaciones constantes entre los fenómenos y se refieren a las dimensiones cuantitativas; en cambio, la filosofía busca explicaciones últimas basadas en las dimensiones cualitativas. Por tanto, la ciencia renuncia al conocimiento de las esencias y al estudio del significado profundo de las cosas[1].

El famoso “caso Galileo” se debió a un conjunto de equívocos e intereses polémicas. “Es célebre por su confirmación del sistema copernicano que le acarreó un proceso inquisitorial”[2]. Por una parte, Galileo no disponía de demostraciones concluyentes del heliocentrismo; por otra, las dificultades teológicas eran sólo superficiales y podían haberse evitado con facilidad; además, se dieron circunstancias que enturbiaron el problema[3].

“La contribución más importante de Galileo a la ciencia fue su descubrimiento de la física de las mediciones precisas, más que los principios metafísicos y la lógica formal. Sin embargo, tuvieron más influencia sus libros El mensajero de los astros y el Diálogo, que abrieron nuevos campos en la astronomía”[4].

Haciendo una breve recapitulación de lo antes mencionado se puede decir que Galileo marcó la pauta en cuanto a la practicidad de la ciencia y las aportaciones teóricas, “como quiera que sea, no puede menos que admitirse que el Novum organum y el Discurso del Método forman el basamento de la ciencia moderna que es eminentemente empirista, racionalista y mecanicista”[5]. La obra que inauguró una nueva era científica fue la de los Principios matemáticos de la filosofía natural en 1687, publicada por Isaac Newton, la cual fue fruto de los métodos y logros de los pioneros de la ciencia moderna y contenía la primera teoría de la física experimental: la mecánica. Mencionaremos a continuación algunas de las principales características y atributos de lo que es el método científico.

[1] Cfr. ARTIGAS, Mariano, “Filosofía de la naturaleza”, p. 31

[2] ROJAS Garcidueñas, Manuel, “Introducción a la Historia de la Ciencia”, p. 77

[3] Cfr. ARTIGAS, Mariano, “Filosofía de la naturaleza”, p. 31

[4] "Galileo (Galileo Galilei)." Microsoft® Student 2008 [DVD]. Microsoft Corporation, 2007.

[5] ROJAS Garcidueñas, Manuel, “Introducción a la Historia de la Ciencia”, p. 75

Reconciliatio et Paententia

Resumen de...


EXHORTACIÓN APOSTÓLICA POST-SINODAL RECONCILIATIO ET PAENITENTIA DE JUAN PABLO II AL EPISCOPADO AL CLERO Y A LOS FIELES SOBRE LA RECONCILIACIÓN Y LA PENITENCIA EN LA MISIÓN DE LA IGLESIA HOY


PROEMIO

ORIGEN Y SIGNIFICADO DEL DOCUMENTO

Dice Marcos: “Convertíos y creed en el Evangelio”, esto es lo que la Iglesia nuevamente quiere proponer en esta encíclica, teniendo en cuenta la realidad actual, el Papa dice que el mundo está en pedazos; viendo a unas naciones contra otras, viendo la falta de dialogo ante las problemáticas mas pequeñas, viendo la lucha de clases, el racismo, discriminación religiosa, polarizaciones políticas, en fin todos esos dolorosos fenómenos sociales; la raíz de estos problemas tiene nombre: “pecado”. Pero la misma mirada inquisidora con la que se mira esta problemática es la que debe provocar la nostalgia de reconciliación, la aspiración a una reconciliación sincera debe ser el móvil fundamental de nuestra sociedad, la reconciliación no puede ser menos profunda de lo que es la división. La Iglesia salta ante estos deseos de su pueblo y en la encíclica muestra la mirada del sínodo, el cual muestra a los términos reconciliación y penitencia como dos conceptos entrelazados, “puesto que reconciliarse con Dios, consigo mismo y con los demás presupone superar la ruptura social que es el pecado, lo cual se realiza solamente a través de la transformación interior o conversión que fructifica en la vida mediante los actos de penitencia”[1]. La reconciliación es necesaria por la ruptura que ocasiona el pecado, entonces para plenificar dicha reconciliación hay necesariamente que liberarse del pecado, rechazándolo en sus raíces más profundas. Esto es lo que hace la conexión interna entre conversión y reconciliación; y resalta que “la conversión personal es la vía necesaria para la concordia entre las personas”[2]

PRIMERA PARTE: CONVERSIÓN Y RECONCILIACIÓN, TAREA Y EMPEÑO DE LA IGLESIA

En el capítulo I: Una parábola de la reconciliación, el Papa para empezar a hablar de esto, hace alusión a lo que ya había escrito antes en la Encíclica Dives in misericordia, la parábola del hijo prodigo[3]; en primera instancia enuncia al hijo que se perdió, al joven, al que pidió la herencia, ese joven egoísta que hechizado por la tentación y consternado por su propia miseria, quiere vivir solo su existencia, pero después vuelve arrepentido y el Padre lo acoge entre festejos, lo cual demuestra que la reconciliación es el mayor don del Padre celestial. El otro hermano por un parte entra en una actitud egoísta y celosa por la benignidad del Padre, esta actitud, también necesita reconciliación. Es a la luz de esta parábola, y descubriendo la misericordia inagotable del Padre, como la Iglesia comprende siguiendo las huellas del Señor, su misión de transformar corazones.

En el capítulo II: A las fuentes de la reconciliación, se muestra la luz de Cristo como verdadero reconciliador, su muerte en cruz es una misión de reconciliación expresa para nosotros, es un acto redentor en doble aspecto: “como liberación del pecado y comunión de gracia con Dios” (RP 7). También enseña que la Iglesia es reconciliadora recordando las palabras de San León Magno: “todo lo que el Hijo de Dios obró y enseñó para la reconciliación del mundo, no lo conocemos solamente por la historia de sus acciones pasadas, sino que lo sentimos también en la eficacia de lo que él realiza en el presente”[4], queriendo decir que la Iglesia hace que experimentemos la reconciliación por medio de la celebración de sus misterios, lo cual afirma también San Pablo[5]. Pero para reconciliar, la Iglesia tiene que ser reconciliada dando testimonio de reconciliación primero hacia dentro, llevando “el Evangelio a todas las gentes, promoviendo el dialogo de la salvación” (RP 9).

En el capítulo III: La iniciativa de Dios y el Ministerio de la Iglesia, el documento enseña que la reconciliación viene de Dios, aun cuando el hombre abusa de su libertad que le fue dada para amar, negándose a obedecer a Dios, a pesar de eso, Dios permanece fiel en el amor como en la parábola antes mencionada; “quien acepta esta llamada entra en la economía de la reconciliación y experimenta la verdad contenida en aquél otro anuncio de San Pablo –Cristo es nuestra paz; él hizo de los pueblos uno derribando el muro de la separación y de la enemistad…-[6]”(RP 10). Dice también, que la Iglesia es un gran sacramento de reconciliación “Sacramento, o sea, signo e instrumento de reconciliación es la Iglesia por diferentes títulos de diverso valor, pero todos ellos orientados a obtener lo que la iniciativa divina de misericordia quiere conceder a los hombres” (RP). Lo es también por los siete sacramentos, que cada uno de ellos en modo peculiar “edifican la Iglesia”[7]. Otras vías de reconciliación son: la santísima Virgen María, la predicación, la acción pastoral y la más silenciosa, la del testimonio.

SEGUNDA PARTE: EL AMOR MÁS GRANDE QUE EL PECADO.

En el capítulo I: El misterio del pecado, hace mención de la desobediencia a Dios en la cual va narrando tanto el hecho del Edén como el de Babel “en ambas nos encontramos ante una exclusión de Dios, por la oposición frontal a un mandamiento suyo, por un gesto de rivalidad hacia él, por la engañosa pretensión de ser como él[8]” (RP 14). A la exclusión de Dios se le ve como ruptura, como desobediencia. Después viene la división entre hermanos en la cual resaltan los personajes de Caín y Abel, como uno le quita la vida al otro, no solo el pecador e conforta con el pecado propio, sino que “el pecador abre en su propio costado y en relación con el prójimo” (RP 15). También habla del pecado personal y el pecado social y dice que “por ser el pecado una acción de la persona, tiene sus primeras y más importantes consecuencias en el pecador mismo, y en su espíritu, debilitando su voluntad y oscureciendo su inteligencia” en cuanto a la sociedad dice que “en virtud de una solidaridad humana tan misteriosa e imperceptible como real y concreta, el pecado de cada uno repercute en cierta manera en los demás” (RP 16), así es como se convierte en social todo pecado que va contra el bien común. El pecado está dividido en dos: mortal y venial. Con respecto al primero encontramos la voz de San Juan el cual nos dice que hay un pecado que conduce a la muerte[9], el cual es el rechazo a Dios; Mateo por su parte habla de la blasfemia contra el Espíritu Santo[10], lo cual se traduce en un rechazo a la conversión al amor del Padre; Santo Tomás menciona el concepto de muerte espiritual, divide los pecados y dice que el que falta a la caridad es mortal, el que no se separa de Dios en su acción es venial[11]. Conforme a lo que dice la tradición de la Iglesia, son pecados mortales cuando el hombre con plena libertad y conocimiento, rechaza a Dios. Cuando el pecado es recurrente viene la pérdida del sentido del pecado, lo que es como el termómetro de la conciencia moral del hombre, está unido al sentido de Dios. Es a lo que el concilio Vaticano II lo menciona como “el núcleo más secreto y el sagrario del hombre”[12], la conciencia, la cual el pecado va obscureciendo. “Se trata de un verdadero «vuelco o de una caída de valores morales» y «el problema no es sólo de ignorancia de la ética cristiana», sino «más bien del sentido de los fundamentos y los criterios de la actitud moral»[13]” (RP 18).

En el capítulo II: Sobre el “Mysterium Pietatis”, el cual resalta la naturaleza antagónica del pecado ante la economía de la salvación y como el misterio de piedad vence al pecado; ahora es el mismo Cristo el que en carne humana se ofrece por los injustos, el que es más grande que los ángeles y es portador de salvación, el que es enviado del Padre y ha sido elevado al cielo como Señor; “Por lo tanto, el misterio o sacramento de la piedad es el mismo misterio de Cristo… en el misterio de la Encarnación y de la Redención, de la Pascua… misterio de su pasión y muerte, de su resurrección y glorificación” (RP 20). Por lo mismo que el cristiano debe de responder ante esto, este será su esfuerzo “la piedad de Dios hacia el cristiano debe corresponder la piedad del cristiano hacia Dios” (RP 21). “Así la Palabra de la Escritura, al manifestarnos el misterio de la piedad, abre la inteligencia humana a la conversión y reconciliación, entendidas no como meras abstracciones, sino como valores cristianos concretos a conquistar en nuestra vida diaria” (RP 22).

TERCERA PARTE: LA PASTORAL DE LA PENITENCIA Y DE LA RECONCILIACIÓN.

En el capitulo I: Medios y vías para la promoción de la penitencia y de la reconciliación, el Papa los divide en dos, el primero es el dialogo, el cual debe de ser sincero, un dialogo moderno[14], un dialogo con la sociedad[15], un dialogo de salvación[16], un dialogo ecuménico de caridad[17], para superar los conflictos y dejarnos interpelar por la palabra de Dios, alejando la subjetividad y buscando la verdad. “En la medida en que la Iglesia es capaz de crear concordia activa —la unidad en la variedad— dentro de sí misma, y de presentarse como testigo y operadora humilde de reconciliación respecto a las otras religiones cristianas y no cristianas, se convierte, según la expresiva definición de San Agustín, en «un mundo reconciliado»[18]” (RP 25). El dialogo de la reconciliación no suple a la verdad evangélica, sino que es transmisión de la reconciliación y la penitencia. Sobre la catequesis de los pastores el documento resalta que se debe “cristianamente la propia conciencia, a fin de que ella no se convierta en «una fuerza destructora de su verdadera humanidad, en vez de un lugar santo donde Dios le revela su bien verdadero »[19]” (RP 26). El segundo medio son los sacramentos, “En el misterioso dinamismo de los Sacramentos, tan rico de simbolismos y de contenidos, es posible entrever un aspecto no siempre aclarado: cada uno de ellos, además de su gracia propia, es signo también de penitencia y reconciliación y, por tanto, en cada uno de ellos es posible revivir estas dimensiones del espíritu… el sacramento de la penitencia, es el sacramento de la conversión y de la reconciliación. De ese sacramento se ha ocupado particularmente la reciente Asamblea del Sínodo por la importancia que tiene de cara a la reconciliación” (RP 27).

En el capítulo II: Del sacramento de la penitencia y de la reconciliación, el cual a través de los tiempos se ha ido sobrevalorando, cuando es Jesús mismo el que lo confiere a los apóstoles, ellos que también estaban sujetos al pecado. Tal vez sea el ministerio más fatigante, delicado y difícil pero también uno de los más hermosos y consoladores de los que ejerce el sacerdote, el cual actúa in persona Christi. Este Sacramento de perdón (RP 30) permite a los que se le acercan “la misericordia de Dios el perdón de la ofensa hecha a Él y al mismo tiempo se reconcilian con la Iglesia, a la que hirieron pecando, y que colabora a su conversión con la caridad, con el ejemplo y las oraciones”[20]. El documento menciona algunas convicciones que iluminan mucho la visión de este sacramento: “La primera convicción es que, para un cristiano, el Sacramento de la Penitencia es el camino ordinario para obtener el perdón y la remisión de sus pecados graves cometidos después del Bautismo… La segunda convicción se refiere a la función del Sacramento de la Penitencia para quien acude a él… La tercera convicción, que quiero acentuar se refiere a las realidades o partes que componen el signo sacramental del perdón y de la reconciliación. La satisfacción es el acto final, que corona el signo sacramental de la Penitencia” (RP 31). Nada es más personal e íntimo que este Sacramento en el que el pecador se encuentra ante Dios solo con su culpa, su arrepentimiento y su confianza. El fruto más precioso del perdón obtenido en el Sacramento de la Penitencia consiste en la reconciliación con Dios. Finaliza el Papa este punto recordando las palabras del Concilio: “La vida espiritual y pastoral del Sacerdote, como la de sus hermanos laicos y religiosos, depende, para su calidad y fervor, de la asidua y consciente práctica personal del Sacramento de la Penitencia”[21]. Referente a las formas de la celebración de éste sacramento, el Papa resalta tres formas: la reconciliación de cada penitente, la reconciliación de varios penitentes con confesión y absolución individual y la reconciliación de varios penitentes con confesión y absolución general. “El recurso frecuente al Sacramento —al que están obligadas algunas categorías de fieles— refuerza la conciencia de que también los pecados menores ofenden a Dios y dañan a la Iglesia, Cuerpo de Cristo, y su celebración es para ellos «la ocasión y el estímulo para conformarse más íntimamente a Cristo y a hacerse más dóciles a la voz del Espíritu»[22] ” (RP 32). Dejando las absoluciones generales solo para casos estrictamente necesarios y con la consigna de recurrir al sacramento más adelante y recalcando que todo pecado grave merece una celebración individual del sacramento (RP 33). La Iglesia no quiere la muerte del pecador, sino que se convierta y viva, por lo mismo actúa tajante mente contra el mal y benévolamente ante el bien, basándose pues en estas dos premisas es como la Iglesia invita a la reconciliación, la penitencia y la eucaristía, borrando así de su corazón situaciones dolorosas y acercándose de nuevo a la misericordia divina. Concluye el Papa invitando a que todos tengan un mismo sentir, recordando las palabras Pedro[23], evitando devolver mal por mal, más aún, siendo proveedores del bien, pues la que presida las acciones del cristiano es la caridad y si es posible padecer haciendo el bien[24]. La invitación está abierta, “a volver los ojos al corazón de Cristo, signo elocuente de la divina misericordia, «propiciación por nuestros pecados», «nuestra paz y reconciliación»[25]” (RP 35) para poder desde el interior detestar el pecado y volvernos a Dios.



[1] Juan Pablo II, Exhortación Apostólica Post-Sinodal: Reconciliatio et Paenitencia, n. 4. La cual comenzaré a citar a un costado del párrafo entre paréntesis con las siglas RP.

[2] El Concilio Vaticano II: Const. past. Gaudium et spes, n.10

[3] Cf. Juan Pablo II, Encíc. Dives in misericordia, n. 5-6, 1980

[4] San León Magno, Tractatus 63: De passione Domini 12. 6: CCL 138/A, 386

[5] 2 Cor 5, 18 s

[6] Ef 2, 14-16

[7] Cf. San Agustín, De Civitate Dei, XXII, 17: CCL 48, 835 s.; S. Tomás de Aquino, Summa Theologiae, pars III, q. 64, a. 2, ad tertium.

[8] Gén 3, 5: «... seréis como Dios, conocedores del bien y del mal»; cf. también v. 22

[9] Cf. 1 Jn 5, 16 s, una muerte espiritual, que conlleva la pérdida de la vida verdadera, la vida eterna

[10] Mt 12, 31 s

[11] S. Tomás de Aquino, Summa Theologiae, Ia, IIae, q. 72, a. 5

[12] Conc. Ecum Vat. II, Const. past. Gaudium et spes sobre la Iglesia en el mundo actual, 16

[13] Juan Pablo II, Discurso a los Obispos de la Región Este de Francia (1 de abril de 1982), 2:L'Osservatore Romano, edic. en lengua española, 25 de abril, 1982

[14] Const. past. Gaudium et spes sobre la Iglesia en el mundo actual, 92

[15] Decreto Christus Dominus sobre el oficio pastoral de los Obispos, 13; cf. Declar. Gravissimum educationis sobre la educación cristiana, 8; Decr. Ad gentes sobre la actividad misionera, 11-12

[16] Cf. Pablo VI, Encícl. Ecclesiam suam, III: AAS 56 (1964), 639-659

[17] Cf. Conc. Ecum Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium sobre la Iglesia, 1. 9. 13

[18] S. Agustí, Sermo 96, 7: PL 38, 588

[19] Cf. Juan Pablo II, Discurso en la Audiencia General del 17 agosto 1983, 1-3: L'Osservatore Romano, edic. en lengua española, 21 de agosto, 1983.

[20] Conc. Ecum Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium sobre la Iglesia, 11

[21] Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Decreto Presbyterorum Ordinis, sobre el ministerio y vida de los presbíteros, 18

[22] Ordo Paenitentiae, 7b.

[23] Cf. 1 Pe 3, 8

[24] Cf. 1 Pe 3, 17.

[25] cf. 1 Jn 2, 2; Ef 2, 14; Rom 3, 25; 5, 11

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